¿Cuáles pueden ser las consecuencias psicológicas de no alcanzar el orgasmo?

Las relaciones sexuales en su totalidad trascienden el plano físico y del placer, pues en ellas intervienen además el plano emocional y psicológico. Por este motivo, todo lo que nos acontece a nivel emocional puede afectar a la vida sexual y viceversa. Uno de los problemas más frecuentes, mayoritariamente en las mujeres, pero también en los hombres, es la imposibilidad de alcanzar el orgasmo.

No llegar el clímax en las relaciones, ya sea por motivos fisiológicos o psicológicos, puede tener consecuencias psicológicas negativas. Esto se debe a que se tiene una visión demasiado ‘orgasmocéntrica’ de las relaciones sexuales, que lleva a pensar inconscientemente que cuando este no tiene lugar la relación sexual es incompleta. Esta visión puede provocar sentimientos de frustración, baja autoestima… u otros sentimientos que puede hacer mella en la salud mental a largo plazo. Rafael San Román, psicólogo de la app ifeel, nos habla de esas consecuencias psicológicas y qué hacer para evitarlas.

Baja autoestima

El hecho de considerar las relaciones sexuales como incompletas si no se llega al orgasmo puede contribuir de manera negativa en la autoestima, tanto de hombres como de mujeres, pues una autoestima sana se nutre -entre otras muchas cosas- de la obtención de placer y gratificación, “aunque se disfruten otros aspectos de la relación sexual, la percepción de las relaciones sexuales como carentes de una parte importante puede llevar al individuo a un cierto decaimiento de su autoimagen, a la preocupación sobre si tiene algún problema físico o a percibirse a sí mismo como alguien que no es capaz de disfrutar del sexo al igual que lo hacen los demás”, afirma San Román. Esto es especialmente llamativo entre los hombres, pues, la anorgasmia es algo que se asocia con las mujeres y se tiene la percepción errónea de que los hombres siempre llegan al orgasmo en todas sus relaciones sexuales, y no es así, “se da por hecho que los hombres llegan al orgasmo fácil y rápidamente y que el orgasmo masculino es una respuesta simple (no compleja) que se repite de manera mecánica y sencilla en cada encuentro sexual o en cada masturbación. Sin embargo, el orgasmo masculino es una respuesta compleja, con diferentes matices en cuanto a intensidad, duración y nivel de gratificación que proporcionan”.

Frustración sexual

La ausencia prologada del placer sexual, o de la percepción de esta por no alcanzar el orgasmo, se termina experimentando como una merma importante en el placer propio y del de la pareja, lo que lleva a frustración y, como asegura Rafael San Román, “se acumula en el individuo una tensión no resuelta”. Y es que el sexo, además de ser una fuente de placer lo es también “de relajación, de afecto y de comunicación con otras personas. Si estas funciones del sexo no encuentran los canales adecuados para satisfacerse van a aparecer problemas”.

Ansiedad anticipatoria

No alcanzar el orgasmo puede provocar en ambos sexos lo que se conoce como ‘ansiedad anticipatoria’, es decir, una ansiedad que padecemos por el simple hecho de pensar que puede ocurrirnos algo, en este caso si pensamos que no vamos a llegar al orgasmo. Esto ocurre a menudo en las relaciones sexuales, no sólo el por el temor de no alcanzar el orgasmo, pues en el caso de los hombres es muy común en la disfunción eréctil. Esta ansiedad lo que provoca es precisamente lo que estamos temiendo que ocurra. “Tener esta preocupación es lógico e inevitable, pero conviene no poner el foco en ella, sino en la relación sexual en su conjunto, ya que el orgasmo es placer y es bastante difícil obtener placer si estamos demasiado conectados con el miedo a no poder obtenerlo”, aconseja Rafael San Román. Esta ansiedad puede dar lugar a que no se disfrute en absoluto de las relaciones sexuales, pues si únicamente nos centramos en el orgasmo que hay que conseguir, se perderá espontaneidad, flexibilidad, y se pasarán por alto el resto de los factores sexuales.

Deterioro de las relaciones, tanto sexuales como afectivas

Las relaciones sexuales suelen ser cosa de dos, por este motivo, las personas que son incapaces de alcanzar el orgasmo y están excesivamente preocupados por ello, además de problemas de autoestima, pueden tener problemas y roces con sus parejas, “la ausencia de orgasmo puede ser percibida por la pareja sexual como falta de deseo y atracción, incluso pueden preguntarse si es que su pareja sexual no le atrae lo suficiente, lo cual resulta bastante incómodo y no favorece el placer”. Si no existe una buena comunicación entre la pareja y estas sensaciones persisten en el tiempo, esto puede dar lugar a reproches y tener una “influencia negativa en la vida de la pareja que va a hacerse cada vez más notable”.

Para evitar que no llegar al orgasmo nos genere este malestar, y que este molestas se prolongue en el tiempo, hay varias cosas que podemos hacer.

•Comunicación. La comunicación es indispensable para que cualquier relación funciones, también en el plano sexual. Hablar con nuestra pareja de lo que nos pasa y de los sentimientos que nos provoca es el primer paso para solucionarlo. Conviene hablarlo abiertamente, examinar qué puede estar ocurriendo y pedir ayuda especializada si el problema se prolonga en el tiempo.

•Acabar con falsos mitos, como que todos los hombres alcanzan el orgasmo fácilmente, que las mujeres llegan al orgasmo de una determinada manera, que hombres y mujeres llegan al orgasmo a la vez, etc.

•Evitar caer en creencias distorsionadas sobre la sexualidad. Hay que otorgar al orgasmo el rol que le corresponde. La obtención de placer es uno de los pilares del sexo, pero, si nos obsesionamos con reducir este placer a la obtención al orgasmo, nos estaremos perdiendo el resto del placer. “Esta creencia supone una visión rígida de la sexualidad y tiene como consecuencia una minusvaloración del individuo. Para evitar este efecto, conviene localizar esas ideas que tienen que ver con el “orgasmocentrismo”, reformularlas y, por supuesto, ver qué otros factores pueden tenerse en cuenta para tener una vida sexual más realista pero también más satisfactoria”, asegura San Román.

Qué es la miopericarditis que a veces produce el coronavirus

El coronavirus SARS-CoV-2 y la enfermedad que provoca, COVID-19, no han dejado de sorprender a los investigadores en los casi nueves meses que han pasado desde su descubrimiento, sobre todo por la gran cantidad de daños o enfermedades secundarias que puede provocar, algunas de ellas bastante inusuales. Algunas de ellas, según la red colaborativa Siesta (Spanish Investigators in Emergency Situations TeAm), en la que participan 62 hospitales en España, son el Síndrome de Guillain-Barré, el neumotórax o la miopericarditis. Todas ellas se presentan junto con el coronavirus más frecuentemente que con otras patologías.

En el caso de la miopericarditis, según Siesta, el riesgo de padecerla si un paciente tiene COVID-19 aumenta un 45%.

La miopericarditis es la combinación de la pericarditis y la miocarditis, es decir, la inflamación conjunta del miocardio y el pericardio. Si esta inflamación afecta solo al músculo del corazón, hablamos de miocarditis, si afecta a la membrana que recubre el corazón, hablamos de pericarditis y si están afectadas tanto la membrana como el músculo, hablamos de miopericarditis. Según nos contó Dr. Juan Cosín, presidente de la Asociación de Cardiología Clínica de la Sociedad Española del Corazón (SEC), “lo más común es que se produzca una pericarditis, una inflamación el pericardio, que tiene la misma composición que el tejido que tenemos en la garganta, en la faringe…. Un paso más es cuando esta inflamación llega a afectar al músculo cardiaco, que es cuando hablaríamos de miopericarditis”.

Diferenciar unas patologías de otras, es decir, dictaminar si está afectada una de las partes o las dos, no es fácil, pues las manifestaciones clínicas son la mismas, que son básicamente un dolor que varía con la respiración y las posturas. Ambas afecciones suelen ser cuadros de dolor torácico punzante, que aumenta con la inspiración profunda, que empeora al tumbarse boca arriba, y suele mejorar al echarse hacia adelante.

Lo más habitual es que las pericarditis y las miocarditis se produzcan tras un proceso vírico, incluso cuadros leves, como resfriados, “la miopericarditis se suele producir por una infección vírica. El coronavirus es un virus, que además tiene cierto tropismo por las células del corazón. No es tan frecuente como la neumonía, pero sí se han descrito casos de miocarditis y miopericarditis por coronavirus”, señala el Dr. Juan Cosín. Por este motivo, “puede producirse a cualquier edad y acompañarse además de síntomas generales de catarro o venir precedidas por un proceso catarral”.

En el caso del coronavirus, en concreto, algunos estudios apuntan a que un 20% de los pacientes hospitalizados por coronavirus presentaban daño cardiaco con miocarditis, generalmente en pacientes de avanzada edad y/o con patologías previas.

Al tener manifestaciones clínicas similares, hay que hacer analíticas y, si es necesario, otras pruebas que determinen si existe o no miocarditis además de pericarditis, porque, cuando existe miocarditis, se produce una elevación de los marcadores de daño en el corazón, en concreto de las troponinas. “La troponina es una proteína que está dentro de las fibras musculares cardiacas. Cuando este músculo cardiaco se rompe, cuando existe daño en el corazón, esta proteína sale al torrente sanguíneo. Esto es muy característico de los infartos de miocardio y también de las miocarditis. La miopericarditis, generalmente empieza por una inflación del pericardio que contagia al músculo adyacente, el músculo cardiaco”, aclara el Dr. Cosín.

La elevación significativa de estos biomarcadores asociada a la pericarditis, es decir, cuando la pericarditis pasa a ser miopericarditis, acontece en entre el 15 al 30% de las pericarditis, según un estudio publicado en Elsevier.

Otras pruebas que pueden confirmar la existencia de miocarditis son el electrocardiograma, la ecocardiografía -donde se pueden ver alteraciones de la movilidad de la pared del miocardio o un derrame pericárdico-, una cardiorresonancia, donde se ve si hay daño en el corazón, y una biopsia para confirmar, con la que además se puede detectar la presencia de virus y de qué virus se trata.

El pronóstico es, en general, bastante bueno, sobre todo en caso de que sólo exista una pericarditis, pues en la “inmensa mayoría de los casos es una enfermedad banal. En una miocarditis, en cambio, sí es más frecuente que haya complicaciones. Dependiendo de la extensión de esa muerte celular, puede requerir tratamiento e incluso un ingreso, pero casi siempre se resuelve y no suele dejar secuelas, al menos funcionales. Hay otros casos, los menos, que son las miocarditis fulminantes, que en pocos días en corazón falla completamente. Por suerte, este tipo de complicaciones son poco frecuentes”, asegura Cosín.

En las miopericarditis asociadas al Covid-19, Cosín también quiere aclarar que, dependiendo de los estudios, las conclusiones apuntan a un lado o al otro, “hay estudios que dicen que es más frecuente con este coronavirus que con otros virus, pero otros no. El más importante, uno que se publicó en Italia, en el que analizaron mediante biopsias a pacientes con miocarditis, encontraron coronavirus en muy pocos casos”. En lo que sí hay más consenso es en pensar que el daño en el corazón en estos pacientes se deba más a la “‘cascada inflamatoria’ que se produce en la segunda fase de la enfermedad, que a la infección de las células del corazón por parte del virus. Esta excesiva respuesta inflamatoria es muy dañina para el organismo, y produce también daños importantes en el corazón, por eso el uso de corticoides en esta fase de la infección está resultando positiva”. Y es que, el coronavirus puede afectar al corazón de varias maneras diferentes. Por la infección de virus en sí, por la inflamación, puede ser que se desarrollen una neocardiopatía de estrés, por isquemia (cuando el flujo de oxígeno al corazón de reduce) debido a la obstrucción de una arteria, favorece los trompos, etc.

Eso sí, el Dr. Cosín quiere dejar claro que, aunque se dan casos, los daños en el corazón no son tan frecuentes como otros, por lo que pide que este tipo de patologías asociadas al SARS-CoV-2 no se conviertan en “una fuente más de preocupación para la población, pues, no son ni mucho menos, las peores cosas que puede causar el coronavirus”, asegura tajante.

Qué causa la odontofobia o miedo a ir al dentista y cómo ponerle freno

A nadie le gusta ir al dentista, pero la mayoría de la gente acude regularmente porque es necesario para mantener una buena salud bucodental y porque contribuye de manera significativa a mantener la salud general y la calidad de vida. Sin embargo, hay un grupo no pequeño de personas que son incapaces de acudir al dentista debido al temor que es provoca. Estas personas sufren lo que se conoce como odontofobia, el miedo irracional a acudir a acudir a una clínica odontológica, y se calcula que lo padece el 15% de la población.

No acudir al dentista nunca puede tener consecuencias nefastas para la salud a medio plazo, por lo que superar la odontofobia debe ser una prioridad para las personas que la padecen. Desde el Consejo General de Dentistas ofrecen unas sencillas recomendaciones para superarlo.

Como la mayoría de las fobias, la odontofobia es aprendida, es decir, que ha surgido a raíz de una mala experiencia, sobre todo en la infancia. Si a raíz de esa experiencia, evitamos acudir al dentista y distanciamos las visitas al dentista cada vez, esto puede desencadenar ansiedad cada vez que tenemos que enfrentarnos a esta situación e incluso una fobia, en la que se experimentan sensaciones tan desagradables, que generamos una evitación, es decir, que es tal la ansiedad o síntomas como palpitaciones, temblores, suduración, etc. que directamente no vamos nunca, somos incapaces de ir y buscamos cualquier excusa para no hacerlo, aunque tengamos un dolor insoportable.

Hay muchas personas a las que ir al dentista les produce cierta inquietud, se ponen nerviosos, tensos, temen al dolor… pero son capaces acudir al dentista, pese a la incomodidad que les ocasiona. En este caso, no podríamos hablar de fobia, sino de un miedo hasta cierto punto racional, pues no podemos olvidar que, aunque las intervenciones han mejorado mucho y cada vez son menos molestas, la boca es una zona muy sensible y algunos procedimientos odontológicos son todavía muy invasivos.

El problema llega cuando, a pesar de necesitarlo por problemas de salud, estética etc. somos incapaces de cruzar la puerta del dentista para someternos a los tratamientos que necesitamos, lo que afecta negativamente a nuestra calidad de vida.

Es común que las personas que sufren odontofobia tengan miedo también a otros procedimientos médicos, como las inyecciones, las analíticas, la cirugía, etc. Además, al ponerse en tensión cuando van a realizarles ciertos procedimientos puede hacer que se vuelven más sensibles al dolor, lo que acreciente aún más sus miedos. Por eso, es común que se pongan nerviosos incluso con los ruidos de las clínicas, los olores e incluso cuando ven a un profesional de la salud vestido con la bata blanca. A veces, la tensión se transforma en una hipersensibilidad al reflejo de ahogo, lo que dificulta, e incluso imposibilita las intervenciones.

Para que las personas con fobia al dentista superen su miedo, el Consejo General de Dentistas recomienda seguir una serie de sencillas pautas, que consisten en:

- Visitar la clínica antes de la cita para el tratamiento para que el paciente se familiarice con el ambiente y pueda hablar de sus miedos con el personal de la clínica. Hay que elegir una clínica de confianza, conocida, recomendada, etc. Hay clínicas, como las BQDC que disponen de protocolos y profesionales de acompañamiento para pacientes con odontofobia.

-Pedir cita a primera hora y no llegar antes de la cita para evitar esperar y que aumente la ansiedad durante ese tiempo.

- Empezar con tratamiento sencillos y poco invasivos, como una revisión, radiografía… Los más invasivos se deben dejar para futuras consultas.

- Pactar con el dentista una señal para parar, como levantar la mano. En el momento en que el paciente empiece a sentir ansiedad, hará a señal y el dentista detendrá el tratamiento hasta que el paciente se sienta mejor.

- Es importante que el dentista explique al paciente cada paso, cómo es el procedimiento, etc. para que el paciente sepa lo que vienen después, lo que va a ocurrir en cada momento y esté más tranquilo.

- Escuchar música relajante, que el propio paciente podrá llevar y escuchar antes y durante el procedimiento.

- La respiración controlada -respirar profundamente y que cada exhalación dure el doble que la inhalación- puede ayudar a relajarse y calmar la tensión.

En caso de fobias muy acusadas, siempre se puede recurrir a la ayuda de un profesional de la psicología, que recomendará las llamadas terapias de exposición progresiva, primero en imaginación, viendo vídeos sobre dentistas… para proseguir con la exposición en vivo cuando el paciente esté preparado.

Mientras se supera la fobia, si hay procedimientos urgentes que hacer, se puede recurrir a la sedación consciente, que consiste en administrar fármacos, como el óxido nitroso, que disminuye la tensión nerviosa preservando la capacidad de respuesta del paciente ante estímulos verbales del dentista si este lo requiere.

¿Qué cantidad de vitamina D tenemos que tomar al día?

Desde que se publicaron estudios que sugieren que la vitamina D podría ayudar a combatir o prevenir la COVID-19, se ha convertido en una de las vitaminas de moda. Pero más allá de que este se acabe confinando, lo cierto es que este micronutriente es esencial para que nuestro organismo funcione correctamente y su déficit puede tener graves consecuencias para nuestra salud, como osteoporosis, debilidad, raquitismo en niños, etc. Se trata, al mismo tiempo, de un nutriente esencial, que debemos obtener a través de la dieta porque el organismo no lo sintetiza por sí mismo. Además, aparte de una diete lo suficientemente rica, necesitamos exponernos un mínimo al sol para que sea sintetizada correctamente.

Aunque puede variar en función de los distintos organismos, hay bastante consenso al considerar que los niveles de vitamina D en sangre tienen que estar entre 30 y 50 ng/ml (75-125 nmol/L), por lo que unos valores por debajo de 30 se considerarían insuficiencia y por debajo de 10ng/mL, deficiencia. Una deficiencia a largo plazo podría provocar problemas de salud graves, pues esta vitamina interviene en procesos tan importantes como la absorción de calcio, fósforo y juega un papel muy importante en los sistemas nervioso, muscular, cardiaco e inmunitario. Para mantener unos valores correctos de vitamina D, hay unas cantidades diarias recomendadas (CDR) de vitamina D, en las que también hay bastante consenso. Esas cantidades varían según la edad de la población y de las distintas etapas de la vida y se han establecido en:

•Bebés hasta 12 meses: 10 mcg (400 UI)

•Niños de 1 a 13 años de edad: 15 mcg (600 UI)

•Adolescentes de 14 a 18 años de edad: 15 mcg (600 UI)

•Adultos de 19 a 70 años de edad: 15 mcg (600 UI)

•Adultos mayores de 71 años de edad: 20 mcg (800 UI)

•Mujeres embarazadas y en período de lactancia15 mcg (600 UI)

A pesar de estas recomendaciones, se estima que la inmensa mayoría de la población en España, según Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN), no alcanza las CDR, especialmente los menos de 18 años, mujeres después de la menopausia y los ancianos. La deficiencia, aunque generalmente es asintomática, puede provocar cansancio, dolor o debilidad muscular, sobre todo en la parte inferior de la espalda y en las caderas.

La mayoría de esta vitamina D se producirá en la piel tras la exposición a la luz solar y se termina de sintetizar en el hígado y los riñones, y otra parte de esta se obtiene a partir de la dieta. Para no presentar déficit debemos, por tanto, tomar el sol de manera controlada para evitar riesgos asociados a la radiación ultravioleta. El tiempo de exposición dependerá de la época del año, la hora, la latitud y el color de piel. Así, mientras que en enero necesitaríamos estar expuestos unas dos horas, en octubre nos valdría con 30 minutos y en los meses de abril a agosto bastaría con 10 minutos. En general, se considera que 20 minutos tres veces al día con cara y manos al descubierto sería suficiente.

Además, en los meses de menos luz, deberemos asegurarnos de seguir una dieta rica en vitamina D. Los alimentos que más la contienen por 100 gramos son:

•Salmón: 360 UI

•Hongos y setas: 300 UI

•Caballa: 345 UI

•Sardinas: 245 UI

•Anguila: 200 UI

•Atún: 145 UI

•Huevo: 20 UI

•Leche (u otros lácteos) enriquecida: 100-200 UI por 250 ml.

La suplementación siempre deberá hacerse bajo prescripción médica y según las cantidades que el médico prescriba, pues la vitamina D en altas dosis puede llegar a ser tóxica, causar náuseas y vómito e incluso dañar los riñones.

En general, además de en estados carenciales, se suelen recomendar los suplementos de vitamina D en personas con riesgo de padecer déficit, como:

•Niños menores de un año que se alimentan con leche materna.

Mayores de 50 años

•Personas con obesidad

•Personas con enfermedades que pueden dificultar la absorción, como enfermedad de Crohn, enfermedad celíaca, renal o hepática crónicas.

•Durante el embarazo y la lactancia

•Personas que toman medicamentos que dificultan la absorción de vitamina D, como colestiramina, medicamentos anticonvulsivos, antimicóticos, medicinas contra el VIH o corticoides.

Los suplementos, en función de la patología y la gravedad del déficit serán de entre 1.000 y 2.000 UI/Día.

Depilación láser durante la lactancia y el embarazo. ¿Son compatibles?

El embarazo y la lactancia son dos épocas en los que la vida la mujer tiene que cambiar algunos hábitos: No debe exponerse a tóxicos de ningún tipo -como el alcohol o el tabaco-, evitar algunos alimentos e incluso tener precaución con algunos tratamientos estéticos, como los cosméticos que contienen retinol, tintes o la depilación láser.

Este último, junto con la foto depilación con luz pulsada, son dos tratamientos que, en general, se recomienda que las mujeres abandonen durante estos periodos. Sin embargo, en realidad no hay estudios que corroboren que puede ser perjudicial, “no hay evidencias de afectación ni a la madre ni al feto. No se aconseja porque cualquier cosa que pasase, aún sin tener relación, podría achacarse a la acción del láser. El láser actúa exclusivamente en el tejido cutáneo, no traspasa esa barrera. Por eso difícilmente puede tener un efecto a distancia o al feto”, asegura el Dr. Alberto Morano Ventayol, Vicepresidente segundo de la SEME (Sociedad Española de Medicina Estética).

Y es que, cuando se trata de mujeres embarazadas, prefieren curarse en salud, “como cualquier tratamiento médico estético, aunque no haya ninguna evidencia de efectos secundarios, no se aconseja la depilación láser en embarazadas. Lo más seguro es que no pase nada, pero por precaución se recomienda esperar al final del embarazo”. Y es que, los efectos secundarios durante este periodo no serían distintos a los de cualquier momento de la vida, “lo más probable es que no pase nada, en todo caso, como en cualquier otra circunstancia, los efectos secundarios se reducirían a alguna alteración temporal de la piel, como irritación, enrojecimiento etc.”.

La OMS, dado que no existe estudios que corroboren que es seguro, también recomienda que se evite someterse a tratamientos de este tipo de depilación durante el embarazo.

Además de la precaución, muchos centros también alegan que, tanto durante el embarazo y la lactancia, las hormonas de las mujeres cambian, lo que puede afectar al crecimiento del vello y, por tanto, a la efectividad de los tratamientos puede ser distinta. Y es que la progesterona, una hormona que se eleva considerablemente durante el embarazo puede provocar, o bien que el crecimiento del vello sea más lento o que aparezca hirsutismo, más vello. En ambos casos la eficacia del tratamiento no sería medible.

Con la lactancia, ocurre algo parecido. Aunque los tratamientos se consideran seguros para la madre y el bebé, pues no afecta a la leche materna, la mayoría de los centros estético preferirán curarse en salud y aconsejar a la madre que espere. Sin embargo, en e-lactancia.org, una web elaborada por profesionales, que evalúa la seguridad y compatibilidad de multitud de sustancias durante la lactancia materna, califica tanto los tratamientos con láser como con luz pulsada IPS como de ‘riesgo muy bajo para la lactancia’ y ‘seguro y compatible’. Al respecto del láser, en su web, puede leerse, “no hay ninguna prueba científica de que cualquiera de los tipos de laser (alejandrite, diodo, neodimio,- rubí o YAG) sea incompatible con la lactancia. Diversas sociedades de Dermatología lo consideran seguro durante la lactancia”, aunque recomienda “no emplearlo en la zona del pecho en concreto o tomar las debidas precauciones”. Lo que sí desaconseja es aplicar cremas anestésicas por el riesgo de metahemoglobinemia.

En cuanto a los tratamientos de fotodepilación con luz pulsada (IPL), las recomendaciones son prácticamente las mismas, y además, añade que “la Sociedad Europea de Dermatología no contempla ninguna precaución acerca de la lactancia en su guía sobre fotodepilación (no encuentra contraindicaciones tampoco durante el último trimestre de embarazo). Tampoco de que la depilación sea menos efectiva por estar el cabello en fase telógena o de reposo-caída, ni de que se puedan producir decoloraciones debido a un pretendido efecto hormonal durante la lactancia”.

Aun así, la última palabra en estas circunstancias, la tendrá siempre la clínica en la que acudamos, que valorará el riesgo en cada caso.

¿Son las cucarachas peligrosas para nuestra salud? ¿Qué enfermedades pueden transmitir?

Las cucarachas son, de largo, los insectos que más asco suelen producir, incluso hay muchas personas que les tienen incluso fobia. Su anatomía, la rapidez con la que se mueven y la asociación que hacemos entre ellas y la insalubridad y suciedad las convierten en uno de los bichos más odiados y que más lejos queremos mantener de nuestras casas, especialmente en su lugar favorito, la cocina.

Aunque la fobia a las cucarachas puede ser irracional, lo que no lo es querer tenerlas lejos, pues, aunque no resulte fácil, también son capaces de transmitirnos enfermedades e incluso de provocar alergias.

Las cucarachas en sí no transmiten enfermedades de manera directa, como pueden hacer, por ejemplo, los mosquitos o las garrapatas. Como no suelen picar o morder -aunque también es posible-, no son vectores, sino ‘transmisores mecánicos’, es decir, que transportan los patógenos de un lado a otro. Este transporte se puede hacer de varias maneras:

•En su propio cuerpo. El cuerpo de las cucarachas, especialmente las patas, está lleno de fisuras, pelos… donde se enganchan microorganismos. Cuando las cucarachas se mueven, va recogiendo en un sitio y depositando en otros to tipo de patógenos.

•A través de las heces, vómito y saliva. Si una cucaracha come algo contaminado, este patógeno puede permanecer en su cuerpo y ser expulsado a través de las heces o el vómito, patógenos que quedaran depositados en aquellos lugares por lo que se haya movido.

La transición de estos patógenos al ser humano se produce cuando entramos en contacto con las superficies contaminadas, ya sea comida, utensilios de cocina, superficies, etc.

Se ha comprobado que las cucarachas pueden transportar en su cuerpo más de 40 tipos de bacterias, además de otros patógenos como hongos, virus, parásitos y protozoos. Algunos de ellos pueden llegar a hacernos enfermar y provocarnos distintas patologías o intoxicaciones. Las más comunes son:

Salmonelosis. Si las cucarachas están en contacto con comida infectada con salmonella, la bacteria que produce la enfermedad, puede depositarlas en utensilios o comida que después ingeriremos nosotros, lo que puede provocar salmonelosis, una enfermedad que se caracteriza por tener los síntomas de una intoxicación alimentaria: vómitos, diarrea, fiebre…

Listeriosis. Esta enfermedad estuvo de actualidad el año pasado debido a la crisis sanitaria que se desencadenó a causa de carne infectada por la bacteria Listeria monocytogenes. Se trasmite a través de comida contaminada y puede producir ser fiebre, dolores musculares y diarrea. En casos más graves, puede provocar en las embarazadas un aborto espontáneo.

Infección por E. coli. Otra infección alimentaria frecuente es la provocada por Escherichia coli (E. coli), una bacteria que se encuentra en el intestino de las personas y que en la mayoría de los casos es inofensiva. En otras puede provocar una intoxicación alimentaria grave.

Cólera. El cólera es una diarrea aguda causada por la bacteria Vibrio cholerae que se propaga por medio de alimentos y bebidas en mal estado. Las heces de las cucarachas suelen ser las culpables, pues esta bacteria vive en su intestino.

Fiebre tifoidea. Esta enfermedad, provocada por la bacteria Salmonella typhi, es más común en países con un saneamiento del agua insuficiente y se cree que las cucarachas portan esta bacteria al consumir heces contaminadas. Los síntomas son fiebre, dolor de cabeza, diarrea, cansancio y dolores musculares.

Campilobacteriosis. La bacteria Campylobacter provoca esta enfermedad, que se transmite a través de los alimentos que hayan estado en contacto con cucarachas. Los síntomas asociados son diarrea, calambres, dolores abdominales y fiebre.

Disentería. Causada por distintas bacterias, esta enfermedad gastrointestinal provoca una inflamación del intestino que causa diarrea, congestión nasal, calambres estomacales, náuseas, vómitos y fiebre alta.

Poliomielitis. El virus que la provoca se observa comúnmente en las cucarachas, pero, por suerte, es una enfermedad casi erradicada gracias a las vacunas. Afecta mayormente a niños menores de tres años y produce fiebre, fatiga, rigidez en el cuello y, si el virus invade el sistema nervioso, parálisis.

Lepra. Por suerte la lepra no se contagia muy fácilmente, sobre todo a partir de las gotículas cuando una persona estornuda o de las heridas abiertas, por lo que contraerla a través de una cucaracha es poco probable. Aún así, es posible, pues la bacteria que la provoca, Mycobacterium leprae, es muy común encontrarla en las cucarachas. Esta enfermedad causa llagas en la piel que, de no tratarse, pueden desencadenar desfiguraciones y causar daños en los nervios de las extremidades.

Alergias. Aunque no es provocada por ningún patógeno, las alergias a las cucarachas son más comunes de lo que pensamos y pueden provocar asma, rinitis, picores, etc. Por lo general son sus excrementos y otros deshechos lo que provocan las alergias al ser inhalados, sobre todo por los más pequeños. Las picaduras o mordeduras, aunque son poco frecuentes, también pueden provocar alergias.

La mejor forma de evitar que las cucarachas nos trasmitan enfermedades es evitar su presencia en casa, peor también llevar una estricta higiene alimentaria, pues muchas de las enfermedades que nos trasmiten se contagian por vía alimentaria. Algunos consejos útiles son:

•Lavar bien las manos, utensilios de cocina y alimentos antes de ser ingeridos

•Cocinar bien los alimentos y evitar comerlos crudos sin lavarlos muy bien

•Mantener la cocina -o cualquier otro lugar de casa- libre de desperdicios, restos de comida y residuo.

No dejar nunca restos de comida fuera de nevera de noche.

•No comer en los lugares no habilitados para ello, como las habitaciones.

•Mantener limpios los lugares donde almacenamos comida.

Sonia Santos, neuróloga: «Hay que reivindicar que la migraña es una enfermedad y muy discapacitante»

El 12 de septiembre es el Día Internacional de Acción contra la Migraña, una fecha que se celebra cada año con el objetivo de visibilizar y concienciar a la sociedad sobre una enfermedad que, según AEMICE (Asociación Española de Migraña y Cefalea) afecta en España a cinco millones de personas, sobre todo mujeres de entre 20 y 50 años.

Para hablar de esta enfermedad infradiagnosticada y poco reconocida, charlamos con Dra. Sonia Santos, Neuróloga y Coordinadora del Grupo de Estudio de Cefaleas de la Sociedad Española de Neurología.

La OMS califica a la migraña como una de las dolencias más incapacitantes en el mundo. ¿Por qué lo es tanto?

Hay un estudio de carácter epidemiológico, que es Global Burden of Disease, que marca la discapacidad asociada a distintas enfermedades. La última publicación es del 2016 y ahí nos dice que la migraña es el sexto trastorno más prevalente y el segundo más discapacitante a nivel mundial y el primero por debajo de los 50 años, porque se mide en años vividos con discapacidad. Esto es así porque, además de que produce mucho dolor que interfiere en la actividad de los pacientes, provoca una serie de síntomas, como la dificultad para pensar, para concentrarte y predomina entre los 20 y los 50 años, que es justo la etapa en las que más activos somo en la vida laboral. La migraña causa mucho absentismo, y también presentismo, es decir, que, aunque el paciente vaya a trabajar, está rindiendo muy por debajo de lo habitual.

La gente asocia la migraña al dolor de cabeza fuerte, pero muchos de los que la padecen puede sufrir también vómitos, alteraciones visuales y del habla, hormigueos…

Sí, y ese es precisamente uno de los mitos que hay que romper, porque la migraña no es solo dolor. Hay muchos síntomas asociados al dolor que incluso aparecen 48 horas antes del ataque de dolor y que luego conviven con él, como que te moleste mucho la luz, los ruidos, dificultad para concentrarte…

La migraña se manifiesta en un momento determinado y acompaña al paciente para siempre. ¿A partir de qué edad podemos decir que ya no vamos a padecerla?

En las mujeres suele aparecer con las primeras menstruaciones (entre los 10 y los 14 años) y el periodo de máxima discapacidad es de los 20 a los 45. A partir de esa edad es muy raro que un paciente debute con una crisis de migraña. Se puede dar algún caso que se manifiesta por primera vez con a menopausia, pero es muy raro.

¿Cómo se suele diagnosticar? Porque no aparece en pruebas por imagen ni analíticas…

Sí, eso es. La migraña es una cefalea primaria, es decir, que no está asociada a ninguna enfermedad, con lo cual el diagnóstico no requiere de la realización de neuroimagen, que solo planteamos en casos muy específicos. Los criterios diagnósticos son exclusivamente clínicos, y los pacientes para ser diagnosticados con migraña tienen que cumplir unas características: padecer al menos cinco episodios de dolor de cabeza pulsátil, incapacitante, con otros síntomas como nauseas o vómitos…

Se sabe que la migraña afecta más a mujeres que a hombres, que tiene factores genéticos, que hay circunstancias que la pueden desencadenar… pero en realidad, se desconoce el origen a ciencia cierta…

No se conocen las causas, pero algo que dejar claro es que la migraña sí es una enfermedad, porque se ha llegado a decir que es una condición de la persona o cosas así. Lo que sí se sabe es que el cerebro nace, es decir, que la personas que padece migrañas ya nace con la predisposición a padecerlas. Al cerebro migrañoso lo que le ocurre es que reacciona de manera patológica a determinados estímulos, como determinados ruidos, una luz muy potente… Al paciente que no es migrañoso le pueden molestar, pero al rato se adapta y ya no lo percibe como molesto. En cambio, al paciente que tiene un cerebro migrañoso, le molesta, no es capaz de adaptarse y ese estímulo puede desencadenar una crisis de migraña. Además, hay muchos factores que pueden influir, como un componente genético, pues hay mucha más prevalencia de migraña en hijos con pacientes con migraña.

Una persona con antecedentes familiares de migraña, ¿puede librarse de ella?

No, porque es algo con lo que se nace, y se puede nacer o no nacer con ella. Si tienes familiares es más probable. si naces con ella, lo que puedes hacer son cosas para tener una mejor calidad de vida. Y otro mito que hay que romper es el de los desencadenantes, como que determinados alimentos provocan crisis de migraña, como el chocolate, porque realidad no es así. Las crisis son fruto de muchas circunstancias, y no siempre la desencadenan las mismas. Se sabe que el estrés, la menstruación, los cambios de tiempo… incluyen, pero no quiere decir que las desencadenen siempre. Por eso, lo que no recomendamos a los pacientes que hagan conductas evitatitas. Es decir, que si un día comieron chocolate y justo ese día tuvieron una migraña, no les recomendamos que dejen de comer chocolate para siempre, porque si no dejarían de hacer muchas cosas en su vida. Lo que se ha visto es que hay una suma de factores desencadenantes para que ese día tengas la migraña, no depende solo de que te comas un trozo de chocolate.

Cada vez hay más tratamiento que ayudan a mitigarlas, desde los antinflamatorios más comunes hasta betabloqueantes, neuromoduladores… e incluso tratamientos con toxina botulínica A. ¿Son todos eficaces?

El tratamiento se basa en unos cuantos factores. El primero es educar al paciente en su enfermedad, porque por muchos medicamentos que tomen, si no son disciplinados con el horario de comidas, una buena calidad de sueño, el control del estrés… no sirve para nada. Tratamientos farmacológicos hay muchos, pero el problema que teníamos hasta ahora es que no estaba diseñados específicamente para tratar la migraña, como antinflamatorios, antidepresivos… que en general van bien, pero tienen efectos secundarios. La tóxica botulínica, por ejemplo, se recomienda en el caso de migraña crónica y actúa al nivel de una proteína específica que sabemos que se eleva durante las crisis de migraña.

¿Y los anticuerpos monoclonales en qué consisten?

Se trata de una auténtica revolución en los tratamientos contra la migraña que hemos tenido durante el último año, porque son eficaces, seguros y se toleran muy bien. Se trata de un medicamento preventivo que, por primera vez, se ha diseñado específicamente para la migraña. Actúan en una molécula muy concreta, la CGRP, una proteína que los pacientes tienen elevada, que aumenta durante las crisis de migraña y que se sabe que cuando disminuye, los pacientes mejoran.

¿Es accesible, en qué casos se recomienda?

El Ministerio lo ha aprobado con unas indicaciones muy concretas: pacientes con más de ocho crisis de migraña al mes y en los que hayan fracasado al menos tres tratamientos preventivos, uno de ellos toxina botulínica si el paciente tiene una migraña crónica. Los profesionales estamos de acuerdo con este criterio, porque creemos que hay que pasar por una serie de tratamientos primero. Son de dispensación hospitalaria, no se pueden adquirir en las farmacias y es una inyección mensual. Sustituimos la toma de pastillas diaria por una inyección subcutánea, y el cambio ha sido muy drástico.

Hay gente que asegura que les han ayudado terapias complementarias, como la acupuntura. ¿Qué hay de cierto? ¿Hay estudios al respecto?

Hay pocos estudios, y en ninguno de ellos estas terapias tienen nivel de evidencia 1, que es el máximo nivel de evidencia, así nosotros no lo recomendamos como tratamiento en sí. Si los pacientes quieren probarlo, le recomendamos que lo hagan siempre como tratamiento complementario al farmacológico. También ocurre con el deporte, el yoga… que se sabe que ayudan, pero siempre como complemento, porque todo lo que ayude a descansar mejor, manejar mejor el estrés, etc. va a ayudar a controlar las migrañas.

En general, ¿se puede tener una buena calidad de vida teniendo migraña?

No podemos negar que una persona con migraña tiene una peor calidad de vida porque el 70% de los que la padecen tiene una discapacidad grave, pero es cierto que con los nuevos fármacos, las revisiones regulares con el médico y siguiendo las indicaciones, los pacientes mejoran mucho.

En este día internacional, ¿qué reivindican las personas que padecen migraña?

Primero, que se considere una enfermedad, porque como hay un componente hereditario, es mucho más frecuente en las mujeres, empeora con la menstruación… tenía un estigma que no ha beneficiado nada a los pacientes. Hay que romper con eso y reivindicar que es una enfermedad, que además es muy discapacitante y que no es solo dolor. Hay que darle visibilidad, porque suele afectar mucho a nivel personal y laboral.

¿Creen que estamos cerca de una cura?

A día de hoy es difícil, pero se está investigando muchísimo y en los próximos años llegarán todavía más nuevos fármacos que se están ensayando y que están diseñados específicamente para la migraña. Yo creo que con ellos va a haber un antes y un después para los pacientes con ellos, así que hay que tener esperanzas.

Causas y consecuencias del déficit de ácido fólico

A menudo relacionamos el ácido fólico con el embarazo, una vitamina que aconsejan tomar a las mujeres embarazadas durante los primeros meses de gestación e incluso desde el momento que deciden quedarse embarazadas para prevenir algunas malformaciones fetales. Sin embargo, el ácido fólico -o vitamina B9- es importante en todas las etapas de la vida y su déficit puede provocar importantes problemas de salud.

La vitamina B9 es una vitamina esencial, es decir, que el ser humano tiene que conseguir a través de la dieta porque no puede sintetizarla por sí mismo. Podemos encontrarla en forma de folatos -tal y como está presente en los alimentos- o como ácido fólico, una variante del folato sintetizada que se encuentra en alimentos fortificados y suplementos.

Sus funciones más importantes en el organismo son:

•Ayudar en el crecimiento de los tejidos y en el trabajo celular. Es decir, a la creación y mantenimiento de células nuevas, indispensable en la infancia y durante la gestación.

•Junto con la vitamina B12 y la vitamina C ayuda a descomponer, utilizar y crear nuevas proteínas.

•Colabora en la formación de los glóbulos rojos, por lo que ayuda a prevenir la anemia.

•Es necesaria para la replicación del ADN, el pilar fundamental del cuerpo humano, que transporta información genética, por eso es de vital importancia durante el embarazo para prevenir malformaciones congénitas.

Dada la importancia de las funciones que desarrolla en el organismo, sobre todo durante el crecimiento, su déficit puede tener graves consecuencias para la salud.

•Su déficit en el embarazo puede provocar malformaciones congénitas el feto, como los defectos de cierre del tubo neural, defectos congénitos medulares y cerebrales, espina bífida… Así como un mayor riesgo de padecer enfermedades como la diabetes o trastornos del lenguaje o TEA. Durante la gestación también puede provocar desprendimiento de placenta o aborto espontáneo.

•Alteraciones hematológicas, que pueden derivar en alternaciones de la mucosa, depresiones, más riesgo de enfermedades cardiovasculares…

•Dificultades en la síntesis y la división celular, que afectan principalmente a la médula ósea, donde se forman las células sanguíneas.

•Alteraciones en el sistema nervioso.

•Anemia por deficiencia de folato, que consiste en una disminución de la cantidad de glóbulos rojos en la sangre.

•Retrasos en el crecimiento.

En los síntomas más comunes de la falta de folatos son irritabilidad -u otras alteraciones del estado de ánimo-, insomnio, deterioro cognitivo, fatiga, diarrea, depresión, úlceras bucales o pépticas, taquicardias, hinchazón de la lengua o encanecimiento del cabello.

Aunque el ácido fólico es una vitamina que podemos conseguir fácilmente a través de la dieta y el requerimiento no es muy grande -entre 400 a 800 microgramos diarios en mujeres embarazadas-, se calcula que un 20% de los adolescentes en Europa podrán tener déficit de esta vitamina y gran parte de la población anciana esté en riesgo de padecerla. Las causas, según apunta la plataforma online de análisis de sangre Melio, son principalmente las siguientes:

1. Una dieta pobre en folatos, que encuentran especialmente en verduras de hoja verde. El folato está presente en alimentos como las verduras de hoja verde, huevos, leche, hígado y frutas cítricas.

2. Baja absorción de los nutrientes. Aunque haya una ingesta adecuada, problemas en el intestino delgado -donde se absorbe el ácido fólico- puede provocar déficit. Estos problemas pueden ser celiaquía, síndrome del intestino corto, cirugías de derivación gástrica o enfermedades inflamatorias intestinales.

3. Consumo de algunos fármacos que inhiben la absorción y utilización del folato, como el metotrexato, fenitoína, sulfasalazina o trimetoprima, que encontramos sobre todo en antibióticos y antiepilépticos.

4. Déficit de vitamina B12. Los niveles de vitamina B9 tienen que analizarse siempre junto a la vitamina B12, pues el metabolismo de ambas está muy interrelacionado, ya que la B12 es un cofactor esencial para el procesamiento del folato. Es por eso que las circunstancias que causan déficit de B12 la producen también de B9. Estas pueden ser el alcoholismo, embarazo, anemias hemolíticas o tratamientos de diálisis.

5. Deficiencia genética de la enzima MTHFR. Esta deficiencia provoca que el ácido fólico no pueda ser usado para disminuir la homocisteína, una sustancia que aumenta el riesgo de enfermedades tromboembólicas y preclampsia y abortos durante el embarazo. Se cree que casi la mitad de los españoles presenta una deficiencia MTHFR.

Para evitar el déficit de ácido fólico basta con alimentarse de manera equilibrada e incluir abundantes frutas verduras en la dieta. Algunos alimentos ricos en vitamina B9 son:

•Vegetales de hoja verde, como las espinacas, coles, lechugas....

•Legumbres

•Frutos secos, como cacahuetes o nueces.

•Cereales integrales, como la avena

•Huevos.

•Algunas frutas como melón, plátanos o los cítricos.

Solo en caso de que lo recomiende un médico, debido al embarazo, enfermedades intestinales, etc. será necesario complementar la dieta con suplementos o alimentos fortificados.

Aunque es raro, un exceso de ácido fólico también puede ser peligroso para la salud.

Cómo elegir la almohada perfecta

Dormir las horas suficientes y que el sueño sea de calidad y reparador es indispensable para disfrutar de una buena salud. Para conseguir que así sea influyen muchos elementos, desde tener una buena higiene del sueño, controlar el estrés y tener un colchón y una almohada adecuados para ti. Del primero se habla mucho, pero la almohada no es menos importante. Para elegir la correcta hay que tener en cuenta algunos factores.

A la hora de decidirte por una almohada o por otra este es, sin duda, el factor más importante, pues para evitar dolor de cervicales, contracturas e incluso ronquidos y conseguir respirar correctamente, lo más importante es que cabeza, cuello y columna vertebral estén alineadas. La posición en la que dormimos es determinante.

Boca abajo: Si dormimos boca abajo, lo mejor es que la almohada sea fina (10 centímetros o menos) y blanda. Una almohada demasiado alta no permitirá alinear el cuello con la columna y si además es dura, no nos dejará respirar correctamente, por lo que es probable que aparezcan ronquidos. El látex y la pluma -o similares- es una buena opción en estos casos.

•Boca arriba: En este caso, tanto el grosor como la dureza de la almohada deben ser medios, de entre unos 11-13 centímetros y que permita apoyar bien la nuca y las cervicales sin crear tensión.

•De lado: Para elegir la almohada cuando dormimos de lado, hay que tener en cuenta otros factores, como el tamaño de nuestros hombros. Aun así, en general, deberemos fijarnos en que el ángulo que forman hombres y cuello, que debe ser de 90 grados para no levantarnos con torticolis. Una firmeza media -por ejemplo, la que conseguimos con la viscoelástica- suele funcionar bien en todos los casos, pero es mejor probar, porque influyen más factores, como el peso de la cabeza.

Nuestro tamaño, sobre todo el de los hombros y la cabeza, también influye a la hora de elegir una almohada, especialmente si dormimos de lado.

•Hombro estrecho. Las personas de complexión pequeña deberán buscar almohadas de tamaño pequeño o medio y de firmeza media o ligera, como espuma, viscoelásticas o sintéticas.

•Hombro medio. Para las personas que tengan un hombre medio son ideales las almohadas de viscoelástica.

•Hombre ancho. En estos casos, la almohada ha de ser firme, densa y alta, de unos 15 centímetros.

Para calcularlo con más exactitud existe una fórmula que consiste en medir la distancia entre el extremo del hombro hasta la cara, donde está la oreja). Al resultado habría que sumar entre 2 y 4 cm. según la dureza.

Como ocurre con los colchones, a grosso modo, las personas robustas deberán buscar una mayor firmeza y las pequeñas, una mayor ligereza o adaptabilidad, tanto en la altura como en los materiales.

En la actualidad existen multitud de materiales. La elección dependerá de muchos factores, tanto como de la postura y la complexión hasta los gustos o los precios. Los más comunes son:

Látex. El látex -que puede ser natural o sintético- es un material muy adaptable y firme que ofrece una buena sujeción de la cabeza, por lo que es ideal quien duerme de lado o para personas corpulentas. Es suave, agradable y se ventila muy bien, por lo que es, además fresca para el verano y muy recomendable para quienes suelen sudar por la noche. Al ser antibacteriano, también se recomienda a los alérgicos a los ácaros.

Plumas o plumón. Hechas sobre todo de plumas de pato o de oca, este tipo de almohadas son blandas y, aunque se deforman, vuelven rápidamente a su forma original. Como no sujetan bien el cuello, son ideales para las personas que duermen boca abajo, pero no para las más corpulentas. Al ser aislantes, son perfectas para cualquier época

•Viscoelástica: Se adapta a la forma de la cabeza, así que es ideal para las personas con problemas de cervicales, especialmente para lo que duermen de lado. Genera calor, así que es mejor reservarlas para el invierno.

•Sintéticas. Suelen ser de espuma de poliéster o poliuretano. Son transpirables y suele ser blandas, por lo que son ideales para personas delgadas y niños. Suelen ser económicas, pero su vida útil es menor y tiene efecto memoria, es decir, que suelen tomar la forma cuando cambiamos de postura, por lo que no es recomendable para personas corpulentas o que se mueven mucho.

Una almohada debemos cambiarla al menos una vez cada cinco años. Para conservarla en perfectas condiciones durante este tiempo podemos:

•Airearla y ventilarla a diario, abriendo las ventanas, y dejarla una vez a la semana al exterior un buen rato.

•Darle la vuelta a menudo, como hacemos con los colchones, pero una vez al mes en este caso.

•Si es lavable, lavarla según recomienda el fabricante, que suele ser dos o tres ves al año.

•Usar siempre funda protectora. Además de la funda que usamos con las sábanas, ponle una funda protectora y lávala, al menos, una vez al mes. Más si sudas por la noche.

También es recomendable tener una almohada de las mismas características de repuesto, ya sea para usarla cuando estemos lavando la otra o para llevárnosla de viaje.

En qué consiste el síndrome de Guillain-Barré, un raro síndrome asociado a algunos pacientes de Covid-19

La COVID19, enfermedad que puede producir el coronavirus SARS-CoV-2 tiene muchas manifestaciones o síntomas, desde los más típicos, como son la fiebre, la tos o la dificultad para respirar, hasta otros menos frecuentes, como los dolores musculares, la pérdida de olfato o la diarrea. Si embargo, esta enfermedad tan nueva y compleja puede además hacer aparecer síndromes mucho más inusuales, como el de Guillain-Barré, un síndrome muy raro, pero que, aun siendo inusual, aparece con el coronavirus con más frecuencia de la que cabría esperar, concretamente, está cinco veces más presente en los pacientes de urgencias con este coronavirus que en el resto de pacientes.

El síndrome de Guillain-Barré (GBS, siglas en inglés) es una enfermedad autoinmune poco frecuente que caracterizada por una parálisis rápidamente progresiva de los músculos del cuerpo. Se produce porque las propias defensas atacan a la mielina, una sustancia que recubre y protege los nervios del sistema nervioso periférico. Esto provoca que los nervios se inflamen, los impulsos nerviosos no lleguen bien y se produzca debilidad muscular e incluso parálisis, que suele aparecer en las extremidades inferiores y entenderse de manera ascendente. Si llega a los nervios del tórax, el paciente puede incluso requerir ventilación mecánica.

Los síntomas suelen ser progresivos, y entre los más comunes se encuentran:

•Dolores musculares

•Pérdida de reflejos en las extremidades

•Entumecimiento y hormigueo

•Dolor similar a un calambre

•Descoordinación

•Presión arterial baja

•Frecuencia cardiaca anormal

Visión borrosa o doble

Dificultad para respirar o tragar

•Desmayos y mareos.

Aunque no se sabe exactamente a qué se debe, sí se sabe que en la mayoría de los casos viene precedido de infecciones respiratorias -como la provocada por el coronavirus o la gripe- o intestinales, como infección intestinal por Campilobacter jejuni, el virus de la mononucleosis infecciosa, Mycoplasma, Zika, el herpes… También puede ir asociado a enfermedades como el lupus o la enfermedad de Hodgkin.

El tratamiento para el síndrome de Guillain-Barré debe empezarse de inmediato para que funcione. De hecho, muchas veces no se espera a confirmar el diagnóstico mediante pruebas complejas porque podría retrasar el comienzo del tratamiento, que actúa en varios frentes:

•Síntomas. Se administran medicamentos destinados a mitigar los síntomas que provoca, como analgésicos para el dolor, heparina para evitar trombosis, respiración asistida si ha afectado a los nervios del tórax…

•Tratamiento específico. Para que sea eficaz, se debe actuar rápido, antes de que la enfermedad haya evolucionado durante dos semanas. Los dos tratamientos más efectivos son:

•Inmunoterapia. Tratamiento con inmunoglobulinas intravenosas (IgIV), que bloquean a los anticuerpos que atacan a la mielina.

•Plasmaféresis, que consiste en sacar parte de la sangre, eliminar los anticuerpos que atacan a la mielina y reinyectarla en el organismo.

•Fisioterapia. Cuando pase la fase aguda de la enfermedad, el paciente debe empezar a tratar los problemas de movilidad con rehabilitación y fisioterapia para prevenir secuelas en nervios, músculos o articulaciones.

Aunque se trata de una enfermedad grave, la gran mayoría de los pacientes -más de 95%- se recupera y el 80% lo hace sin secuelas, aunque la recuperación puede llevar desde semanas hasta meses enteros, y algunos se quedan con secuelas de por vida, como parálisis, debilidad, neumonías o úlceras.